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«Matrimonio de sabuesos» de Agatha Christie (reseña)

Hace solo un par de día terminé la lectura de esta novela escrita por la reina del género policíaco, Agatha Christie. Debo reconocer que me ha embelesado más que su título antecesor, «El misterioso señor Brown», novela que destaca por ser una de las más extensas de la autora y por ser la responsable de la unión de los protagonistas de «Matrimonio de Sabuesos», pero no nos adelantemos.

Tommy y Tuppence Beresford eran amigos de la infancia y tras la resolución de un caso de atentado el amor surge entre ellos, convirtiéndose así en el matrimonio de detectives más adorado por Scotland Yard. Lo que realmente gusta de esta obra es que cada capítulo (quitando alguna que otra excepción) se enfoca en un caso en concreto, dando a la historia un dinamismo arrollador. Cada nuevo misterio que se presenta en la oficina de «los brillantes detectives de Blunt«, tapadera del matrimonio Beresford a petición de la policía, está cubierto de humor, ingenio y ese toque retorcido que Agatha da a cada una de sus tramas. No niego que algunas de las resoluciones son «predecibles», cayendo quizás en lo que ahora veríamos como un cliché en esta clase de géneros, pero que en la época en la que fue escrito sin duda Agatha marcó el precedente.

La verdad es que a mi parecer el caso principal que les hace jugar el rol de detectives, queda obnubilado por los casos secundarios que se van dando, los cuales podrían haber dado para libros individuales por su increíble construcción dramática. Por otra parte, la afinidad de los dos protagonistas hace que la obra tenga ese componente romántico y tierno que tanto gusta. Es sin lugar a dudas, una de las mejores parejas detectivescas de la literatura, sin tener que recurrir a arquetipos manidos donde el hombre es el alma pensante y la mujer la mojigata graciosa. Es un juego constante de intelectos cargados por una interminable atracción sexual. Lo que no descubra uno lo hace el otro, sin dejar nunca esa batalla dialéctica y divertida entre ambos.

El final de la obra, sin dar ningún tipo de spoiler, es redondo, no queda ningún hilo por coser, dejando a nuestra pareja de enamorados en uno de los mayores éxtasis que ha dado las novelas de Agatha Christie. Sinceramente, es una pena que esta obra sea tan difícil de conseguir.

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Siento una frustración que ahoga…

Siento una frustración que ahoga, pero no acaba. Una frustración que todo joven que habita en el presente siente como compañera de vivencias. Tenía pensado dedicar este post a una crítica literaria como de costumbre, sin embargo, la presión en el pecho y la desgana me invaden ahora mismo y, por lo tanto, no tengo la objetividad suficiente como para hablar del trabajo de otra persona. Os dedico estas frases porque sé que muchos de vosotros escribís, o simplemente tenéis proyectos en mente que parecen no surgir a flote en ningún momento, porque al igual que yo, vivís en una circunstancia y en un lugar poco convenientes para los jóvenes sobrantes de talento y motivación, pero algo faltos de economía.

No sé vosotros, pero yo estoy harta de los mensajes tipo «Mister wonderful» que incitan a las nuevas generaciones a creer en una realidad que no existe, cubriéndola con un estampado adorable de margaritas. «Si te levantas con una sonrisa todo se hace posible»…. Voy a ahorrarme los calificativos que se me pasan por la cabeza ahora mismo con estas frases. No obstante, no quiero que penséis que he venido aquí a hundir vuestros sueños en la miseria, solo me paso para convertir mi frustración en palabras, a no perder el tiempo lamentando algo que se me escapa por completo de mis manos. No tengo la culpa de que el mundo favorezca a los que pueden producir con un cheque en blanco. Me han cerrado una puerta por no tener un material que no me puedo costear, no porque mis textos sean malos. Ahí está la clave amigos, que la frustración que os ahoga no os confunda, porque se prioriza antes a una Kardashian que a cualquier posible premio nobel de literatura.

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«Hábitos atómicos» de James Clear (reseña)

Cuando te expones a una marabunta de recomendaciones donde una obra en particular se repite una y otra vez, al final acabas cediendo. Podríamos decir, sin lugar a dudas, que he leído (más bien escuchado a modo de audiolibro) este superventas de James Clear titulado Hábitos atómicos por presión social. Realmente su contenido no tiene mucho misterio y aunque tiene algunos puntos realmente interesantes sobre su método para mejorar nuestros actos diarios, creo que me he quedado con un sabor agridulce en la boca. Os explicaré por qué.

En primer lugar, mencionaré en qué consiste su famoso «sistema» para implementar hábitos en nuestra rutina y no desfallecer en el intento. La clave está en ir poco a poco, sumando pequeños cambios que corresponden a un esfuerzo de un 1%. Tiene lógica, si cambiamos a diminuta escala los resultados se verán a largo plazo de una forma saludable. Hasta ahí todo bien. El autor inicia relatando un hecho traumático de su adolescencia que casi acaba con su carrera para posteriormente decir cómo consiguió recuperarse y triunfar gracias a la constante aportación de pequeños hábitos positivos en su rutina. Pone otros ejemplos muy curiosos que motivan al lector a intentar mejorar del mismo modo, como por ejemplo el caso de la federación de ciclismo de Reino Unido y sus éxitos gracias a un entrenador que comparte los mismos ideales que Clear.

No es el santo grial de libros de autoayuda (a los que dedicaré otro artículo más adelante), pero es realista. Tiene una frase que me gustó mucho que decía así: «La gente pospone su felicidad hasta conseguir llegar a una meta». Creo que todos en algún momento de nuestra vida nos hemos impuesto unos objetivos a gran escala sin disfrutar de los pasos previos que nos llevan a dicho sueño, y por el camino abandonamos por frustración.

Sin embargo, hay una cosa que no me gusta nada de esta lectura, convirtiéndome (probablemente) en una de las pocas lectoras que se han sentido desilusionadas con «Hábitos atómicos», y es que es muy «peso-centrista». Nos encontramos con un hombre que no es nutricionista ni médico recalcando una y otra vez que podemos adelgazar muchos kilos (poniendo casos de seguidores suyos) usando su procedimiento. No niego que esto sea posible, pero imaginaos que una afirmación como esta acabe en manos de una jovencita de trece años con un TCA (trastorno de la conducta alimentaria) que lee como un escritor aclamado por la crítica asegura en un libro que se puede ser un TRIUNFADOR adelgazando gracias a su sistema. Además, no pone en ningún momento el caso inverso, alguien que necesite ganar peso. El mensaje implícito siempre es el mismo: «Vence a la flojera añadiendo pequeños hábitos y dejarás de ser un inútil con sobrepeso».

Cada cuerpo es un mundo y tener celulitis en las caderas no significa que estés al borde de un ataque cardíaco ni que seas un perdedor. Si necesitáis perder peso recurrid a un nutricionista que os oriente, no os motivéis por un libro que llama a los delgados triunfadores simplemente por el número que marca su báscula.

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¿Cuál es el mejor libro para aprender a escribir novelas?

Hace poco me encontré con una compañera en la facultad de filología, iba a presentarse a una asignatura (bastante compleja) a la que yo me presenté con anterioridad. La materia en cuestión ahonda sobre los orígenes de la literatura desde una perspectiva puramente filosófica, muy interesante, pero demasiado compleja para examinarte con tan poco tiempo de preparación. Yo la aprobé porque me centré en ella únicamente, dedicaba día y noche a descifrar el manual como el que lee un jeroglífico, era tan enrevesada la mera concepción del índice o disposición del material que tardabas más en comprender lo que ponía que memorizándolo. Realmente era una lástima, porque la asignatura me parece preciosa y muy necesaria si tu vocación es la literatura. Entonces, debatiendo con mi compañera sobre el tema, surgió de mí una frase: «Es imposible aprender a escribir cuando los libros no se dejan leer». Y la gracia de esta frase es que cuanto más la repito, más me doy cuenta de que no es del todo exacta. Así que permítenme rectificar.

Queridos lectores de este blog, sí hay libros que nos ayudan a aprender a escribir, es decir, libros creados con el fin de abrir las puertas al mundo de la creación a modo de manuales. Lo que realmente puede chirriarnos, y es aquí donde cometí el error, es que no todos seremos el mismo tipo de autor, por lo que no nos servirá cualquier tipo de de guía.

Os voy a hacer un resumen de algunos ejemplos que sí me sirvieron.

El primer libro que me ayudó especialmente fue la biografía Stephen King titulada «Mientras escribo». Tuve que leerla porque en mi trabajo como crítica literaria me llegó una obra de teatro basada en este libro. Lo recomiendo mucho porque el mundo interior de King es de por sí fascinante. Siempre hay que nutrirse del legado de los más grandes y, sobre todo, identificar vuestras diferencias. Yo no comparto el proceso creativo de King, a mí no me sirve, pero gracias a que leí su biografía pude descubrir un terreno en el que no me siento cómoda como autora.

Otro libro sobre aprender a escribir bastante interesante es «La cocina de la escritura» de Daniel Cassany. El autor cuenta con una extensa carrera en este ámbito, dando numerosos cursos sobre escritura creativa. Es muy claro y conciso. Como guía es muy ilustrativa, no tiene ese morbo que te da la vida de Stephen King, pero tampoco se hace aburrido a pesar de su carácter docente.

Y por último, pero no menos importante, os tengo que aconsejar «La poética» de Aristóteles. Un pequeño librito donde el filósofo se explaya en el origen y significado de la literatura, asociándola a la sociedad del momento y dividiendo su investigación por géneros literarios. Es una joya porque, a pesar de los años, vemos que las teorías aristotélicas sobre el tema que nos atañe, siguen estando vigentes en las corrientes de estudio actuales.

Espero de corazón que estas recomendaciones os sirvan de algo, y recordad, no os vengáis abajo si veis que la enseñanza de un «experto» no os cala como creadores. Solo vosotros tenéis la potestad de elegir a vuestros referentes.

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El miedo a comenzar: Lo que no te dicen al independizarte.

Hace poco tuve uno de los mayores «comienzos» de mi vida. Ni la entrada en la universidad , ni el primer día de trabajo me parecen equiparables al vacío que sientes cuando te independizas. Apartando el hecho de cuál sea tu condición económica o familiar, vivir por tu cuenta trae un miedo parecido a la Talasofobia, uno pasa de sentirse acomodado a estar completamente solo en medio del océano. Como este es un blog donde suelo hablar de arte, te diré que me sentí como el monstruo de Frankenstein cuando huye buscando a alguien que lo acoja y lo comprenda, pero ante la hostilidad del mundo acaba adaptándose de la peor forma posible. Ese sentimiento únicamente me acompañó al principio, cuando dudosa de mí misma, creí no se capaz de vivir a mi propio ritmo.

Entonces, te planteo algo querido lector, si alguna vez sientes los pies encadenados a la hora de enfrentarte a un nuevo comienzo, compárate con el monstruo de Mary Shelley, él nació con todo en su contra, pero ante la negativa del mundo supo cómo sobrevivir, aprendió a hablar, leer y escribir oculto tras una pared y con los años el mundo lo reconoce con el nombre de su creador. Olvídate de esas atrocidades hechas por Hollywood y recréate en la maravilla de sus páginas, puede que no parezca el referente más idóneo; sin embargo, cualquiera que reconozca la fuerza y autonomía de un ser hecho a «retazos» sabe que no hay mayor modelo a seguir para enfrentar al mundo cara a cara.

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No sientas vergüenza por no apellidarte Shakespeare.

El viernes pasado tuve un conflicto interno. Iba a publicar un cuento del que me sentía increíblemente orgullosa y esperaba con ansia el momento de poder mostrarlo, pero entonces apareció la voz de mi cabeza que tan a menudo boicotea mis proyectos. Una ráfaga de preguntas incoherentes e imágenes de situaciones igualmente inverosímiles inundó mi mente hasta el punto de cuestionar la calidad de mi propio trabajo, en resumidas cuentas, empecé a sentir vergüenza.

Hay muchos artículos destinados a combatir el miedo del escritor desde cualquier perspectiva: el miedo a exponerse, el miedo al fracaso, el miedo a perder oportunidades, el miedo a no tener «talento» (expresión que odio y que dedicaré un post más adelante). Sin embargo, yo creo que no nos frena tanto el miedo como la vergüenza. Están relacionados de alguna forma, lo sé, aun así, yo los visualizo de forma muy distinta en lo referente a la influencia al escritor y su quehacer. Muchos consideran al miedo como una reacción de alerta ante lo desconocido. A mi modo de ver, el escritor lucha más con la inseguridad de mostrar el resultado de un proceso creativo vinculado a su lado más emocional e íntimo, que a un factor de posible amenaza. No soy psicóloga, no obstante, he dedicado más de la mitad de mi vida al arte y debo reconocer que antes de llegar al estado de temor por perder oportunidades laborales, por ejemplo, me he cuestionado mi valía como autora por un simple momento de timidez al publicar. Algo tan insignificante puede inmovilizar mi trabajo entero.

Nadie nos ayuda a gestionar este grado de obstaculización. No he encontrado ningún post que vaya más allá de los consejos para hablar en público sin que nos titubee la voz, es por eso que me he tomado un tiempo para reflexionar sobre por qué me siento avergonzada, por qué razón acabo auto-saboteando mi esfuerzo, por qué siempre repito esta situación incómoda y, finalmente, he llegado a la conclusión de que el mayor lastre del artista es la comparación.

Desde que somos pequeños se nos exige jugar un rol determinado en la sociedad, cumplir con unas responsabilidades, las obligaciones que TODO ser humano de bien debe desempeñar, y mientras nos partimos los cuernos para repetir lo que ha hecho todo el mundo antes que nosotros, dejamos pasar otras posibilidades igualmente válidas. No se nos enseña a explorar los diversos caminos que nos pueden llevar al «éxito», porque por mucho que me duela seguimos viviendo en la «sociedad de la meritocracia». Tampoco se nos enseña a motivarnos a través de referentes. No hay nadie que nos haga ver que la envidia debe convertirse en admiración, pero sí que nos enseñan a compararnos unos con otros, a sentirnos inferiores, a no salirnos del camino conocido para crear unos nuevos. Si decidimos dedicarnos a escribir, tenemos la presión de la obra ya escrita, de los textos que han pasado a la historia como el modelo a seguir, es decir, si no los igualamos, inevitablemente nos sentimos mediocres. Ni siquiera hablo de superar, es imposible mejorar el Ulises de Joyce; es por eso que aprovecho este desvarío de texto para soltar aquí mi consejo.

No podemos hacer frente a la literatura si nos encadenamos a la vergüenza de ser comparados con los «mejores», porque eso nos llevará a no arriesgarnos, sin riesgo no hay conocimiento, sin conocimiento no hay evolución y si no evolucionamos, nunca llegaremos a ser buenos escritores. Al final, la inseguridad que nos provoca el no apellidarnos Shakespeare, hará que dudemos a la hora de publicar un cuento maravilloso en las redes sociales.

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Una habitación propia de Virginia Woolf

¿Tenemos 500 libras anuales y una habitación propia para escribir? Puede que parezca extraña la pregunta, sobre todo teniendo en cuenta lo irrisorio de la cifra, pero cambiemos de lugar, cambiemos de tiempo, juguemos a ser mujeres en pleno siglo XVII, por ejemplo. ¿Podríamos reírnos ahora de la pregunta?

Virginia Woolf tenía una única misión allá por el año 1928, escribir sobre la mujer y la novela… Había sido invitada por la Universidad femenina de Cambridge para ser partícipe de unas conferencias, y estaba claro que la autora británica, creadora de novelas, cuentos, obras teatrales y otros muchos géneros más, era la idónea para hablar a esa multitud de jovencitas que esperaban ser guiadas por el camino del éxito editorial, todas ansiosas por ver sus nombres grabados en el dorso de un libro, expuestas en bibliotecas y librerías y (con suerte) ser las futuras mentoras de las jóvenes promesas. Pero Virginia Woolf no estaba dispuesta a tomarse aquella oportunidad a la ligera, tenía un cometido, hablar de la mujer y la novela, y eso hizo, no podía acceder a ciertos lugares por simplemente ser mujer, no podía afrontar aquel reto desde la misma posición que un hombre. Sin embargo, a pesar de los obstáculos, presentó el producto de una investigación que la llevaría a ser recordada como una de las figuras esenciales de la literatura modernista del siglo XX.

Y tras mucha reflexión, visitas a la biblioteca o conversaciones con su prima desde la tranquilidad del campo, empezó a confeccionar lo que hoy se considera uno de los mayores ensayos feministas de la historia. Una habitación propia habla desde la más dura de las realidades, la falta de igualdad entre hombres y mujeres, las restricciones a la que estaban sometidas, siempre bajo la supervisión de la figura del varón, relegadas a la crianza de los niños, nunca dueñas de su dinero ni su destino. Locas aquellas que decidieron quejarse con papel y pluma, porque contaban con el dinero y la posición social para hacerlo y vivir al margen de las consecuencias. Una mujer que no contase con 500 libras al año y una habitación propia con un cerrojo donde poder escribir, difícil lo tenía para transgredir las cadenas que la mantenían en el rol de criatura débil e inferior.

Virginia Woolf habla de sus antecesoras, menciona cómo Austen ocultaba sus escritos cuando alguien entraba en la estancia, a las hermanas Brönte y su ingenio superior, a la valiente George Eliot que escribía oculta en un seudónimo o sobre la escritora ficticia, Mary Carmichael, con sus obras donde el hombre no juega el mismo papel, donde ya no hay clichés, donde una mujer puede enamorase de otra. No se trata de un juicio público en contra de la figura del hombre, es un dictado sobre la verdad. Las mujeres y la novela nunca han tenido una relación fácil y cordial, no hay estudios que revelen su pasado, pero si hay ensayos de hombres que hablan sobre la falta de inteligencia del sexo femenino para afrontar la narrativa, y aquí Virginia nos plantea una pregunta. Si hubiéramos escrito como iguales… ¿Qué les quedaría a ellos? ¿Dónde quedaría esa superioridad que les ha sido entregada por fuera?

Una habitación propia es el libro que todo hombre y mujer debe leer, un grito en contra de lo establecido a través de la majestuosa voz de una mujer de otro mundo. No es un manual de cómo ser escritora, o cómo afrontar la literatura, es la imagen de una sociedad que vive esclavizada por las convenciones y que nos constará cambiar, pero cuyo resultado no es imposible.

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«El hombre almohada» adaptación de la obra de Martin McDonagh: El uso del terror para reconciliarnos con el teatro.

Ricardo Gómez y Belén Cuesta en ‘El hombre almohada’ / ELENA C. GRAIÑO

Durante los pasados 5 y 6 de febrero el teatro Lope de Vega de Sevilla tuvo el placer de acoger la representación de «El hombre almohada», adaptación magistral de David Serrano de la obra del dramaturgo y director de cine angloirlandés Martin McDonagh.

Nos encontramos ante un texto capaz de unir los temas más escabrosos e incómodos y convertirlos en una historia que mantiene el corazón del espectador en vilo: los malos tratos hacia los niños, las violaciones, la tortura en los estados totalitaristas… Realidades que como seres humanos acostumbramos a rehuir. «El hombre almohada» vio la luz en el año 2003 y aunque tuvo toda clase de opiniones, su éxito la llevó a ser la obra que más premios ha otorgado a su creador, tanto en Broadway como el Londres. La historia habla sobre un escritor de cuentos macabros llamado Katurian (interpretada en este caso por una actriz, Belén Cuesta) que es arrestado y acusado de ser participe junto a su hermano Michal (Ricardo Gómez) de una serie de asesinatos de niños muy similares a los narrados en sus obras. No es algo que solamos ver sobre las tablas de nuestro país, es un lenguaje actualizado muy acorde a la cinematografía. La puesta en escena junto al vestuario y la música (de Luis Miguel Cobo) hacen que el espectador se encuentre inmerso en el thriller desde que se abre el telón hasta que se cierra.

El uso del terror y el humor negro (en pequeñas y delicadas dosis) provoca que el texto, ya impactante de por sí, no provoque un rechazo emocional en el público. Los diferentes relatos narrados a lo largo de la representación están perfectamente conectados con la trama principal de Katurian (correspondiente al cuento de «El escritor y el hermano del escritor») dando la sensación, gracias a la combinación del lenguaje naturalista, el uso de máscaras en momentos puntuales, danza y el juego sombras, de estar dentro de una película de Tim Burton. Horror e inocencia en una obra majestuosamente cruel que te hace llegar a la catarsis.

Hay que alabar el trabajo de todo el equipo, sobre todo del dramaturgo David Serrano que ha sido capaz de adaptar una obra muy disonante de una manera sublime e hipnótica, atrayendo de nuevo la atención del público joven al arte teatral.