Publicado en Cine

«Belle» de Mamoru Hosoda: infancias rotas bajo la esencia de la bella y la bestia

No es la primera vez que hablamos del cuento de «la bella y la bestia» como eje argumental de una obra. Este clásico literario está tan interiorizado que muchos autores crean sus narrativas sin ser completamente conscientes del relato que versionan. Este no es el caso. Mamoru Hosoda para mí es uno de los mejores directores que ha dado la historia del cine universal aunque, por desgracia, sus obras queden relegadas por otros títulos que ya nacen con una estrella bajo el brazo únicamente por el sello o estudio que los ampara. No desmerezco el trabajo de ninguno, pero Mamoru rompe muchos moldes en lo que se refiere al cine de animación.

Belle es el avatar de una joven pueblerina llamada Suzu a la que un trauma le impide volver a cantar, pero el juego online «U» le permite encontrar una válvula de escape a ese sentimiento que le aprisiona el pecho. En el mundo digital, tan recurrente para el director (recordemos la mítica serie Digimon o su película Summer wars) Suzu Naito se hace la cantante más famosa, suscitando la curiosidad del mundo entero por conocer su verdadera identidad, pero un monstruoso personaje irrumpe de manera brusca en su nueva e irreal vida. Suzu no puede evitar interesarse por él, sobre todo al ver las extrañas cicatrices que no paran de salir en su espalda.

Lo que en un principio puede parecernos otro tópico, una película predecible sobre la autoestima y el valor para seguir luchando, al final demuestra ser un hermoso alegato a la vida desde una perspectiva poco común en el cine japonés, e incluso diría que occidental, el de la salud mental infantil. Estéticamente, Hosoda vuelve a sorprendernos con unos escenarios brillantes donde juega un papel primordial el contraste de la vida digital con la vida rural y todo esto añadido a una banda sonora que merece la pena agregar a nuestra lista de spotify.

Publicado en Cine

Turning Red: la mejor forma de entender el síndrome de la niña buena.

Es la primera vez que puedo decir de forma clara que me veo identificada con una película de animación, sobre todo si viene de mano de Disney. Turning Red, o Red para el mercado español, es la nueva obra de la directora Domee Shi que, sinceramente, ha representado a la perfección el dolor de millones de mujeres a través de una niña de trece años que se convierte en panda rojo cuando se estresa.

Recuerdo que vi el teaser de esta película hará cosa de un año y lo primero que pensé fue: «Disney ya no sabe qué hacer«. Esto demuestra una vez más que estamos tan acostumbrados a consumir el mismo tipo de contenido que cuando aparece algo ligeramente distinto, sentimos rechazo. Sin embargo, no podía estar más equivocada.

¿Por qué creo que es de las mejores películas hasta la fecha? Porque trata algo tan complejo y estigmatizado como el «síndrome de la niña buena». Para resumirlo en pocas palabras, este síndrome se da mayoritariamente en mujeres y se caracteriza por priorizar las necesidades de los demás antes que las suyas propias. La mayoría de los casos crecen en entornos llenos de cariño, pero donde no han podido desarrollar las capacidades necesarias para defenderse o cuidar de sí mismas. El darlo todo por los demás, aunque eso suponga no ser feliz. El miedo a fallar, a no ser suficiente a ojos del resto , a decepcionar a alguien o simplemente a alzar la voz, son factores que han marcado a muchas generaciones que a día de hoy luchan por conseguir algo de la autonomía perdida en la infancia.

Por eso me hace tanta gracia la crítica hecha por el «experto en cine» Sean O´Connell, donde expresa sin ningún tipo de pudor que esta película, por el target y ambientación en el que se enfoca (principio de los 2000), no puede funcionar debido a que no engloba a todo el mundo. Creo que precisamente por eso sí que funciona, porque Pixar, bueno, más bien Domee Shi, ha conseguido crear una película divertida, inteligente, emotiva y para toda la familia…. Desde un tabú.

Así que si no sois como el señor O´Connell, que no es capaz de verse reflejado en una niña que lucha por su libertad, pero que seguramente sí que empatice con Tom Cruise saltando desde aviones sin paracaídas (por ejemplo), os recomiendo que veáis Red y disfrutéis de un ratito maravilloso de reflexión.

Publicado en Literatura

No sientas vergüenza por no apellidarte Shakespeare.

El viernes pasado tuve un conflicto interno. Iba a publicar un cuento del que me sentía increíblemente orgullosa y esperaba con ansia el momento de poder mostrarlo, pero entonces apareció la voz de mi cabeza que tan a menudo boicotea mis proyectos. Una ráfaga de preguntas incoherentes e imágenes de situaciones igualmente inverosímiles inundó mi mente hasta el punto de cuestionar la calidad de mi propio trabajo, en resumidas cuentas, empecé a sentir vergüenza.

Hay muchos artículos destinados a combatir el miedo del escritor desde cualquier perspectiva: el miedo a exponerse, el miedo al fracaso, el miedo a perder oportunidades, el miedo a no tener «talento» (expresión que odio y que dedicaré un post más adelante). Sin embargo, yo creo que no nos frena tanto el miedo como la vergüenza. Están relacionados de alguna forma, lo sé, aun así, yo los visualizo de forma muy distinta en lo referente a la influencia al escritor y su quehacer. Muchos consideran al miedo como una reacción de alerta ante lo desconocido. A mi modo de ver, el escritor lucha más con la inseguridad de mostrar el resultado de un proceso creativo vinculado a su lado más emocional e íntimo, que a un factor de posible amenaza. No soy psicóloga, no obstante, he dedicado más de la mitad de mi vida al arte y debo reconocer que antes de llegar al estado de temor por perder oportunidades laborales, por ejemplo, me he cuestionado mi valía como autora por un simple momento de timidez al publicar. Algo tan insignificante puede inmovilizar mi trabajo entero.

Nadie nos ayuda a gestionar este grado de obstaculización. No he encontrado ningún post que vaya más allá de los consejos para hablar en público sin que nos titubee la voz, es por eso que me he tomado un tiempo para reflexionar sobre por qué me siento avergonzada, por qué razón acabo auto-saboteando mi esfuerzo, por qué siempre repito esta situación incómoda y, finalmente, he llegado a la conclusión de que el mayor lastre del artista es la comparación.

Desde que somos pequeños se nos exige jugar un rol determinado en la sociedad, cumplir con unas responsabilidades, las obligaciones que TODO ser humano de bien debe desempeñar, y mientras nos partimos los cuernos para repetir lo que ha hecho todo el mundo antes que nosotros, dejamos pasar otras posibilidades igualmente válidas. No se nos enseña a explorar los diversos caminos que nos pueden llevar al «éxito», porque por mucho que me duela seguimos viviendo en la «sociedad de la meritocracia». Tampoco se nos enseña a motivarnos a través de referentes. No hay nadie que nos haga ver que la envidia debe convertirse en admiración, pero sí que nos enseñan a compararnos unos con otros, a sentirnos inferiores, a no salirnos del camino conocido para crear unos nuevos. Si decidimos dedicarnos a escribir, tenemos la presión de la obra ya escrita, de los textos que han pasado a la historia como el modelo a seguir, es decir, si no los igualamos, inevitablemente nos sentimos mediocres. Ni siquiera hablo de superar, es imposible mejorar el Ulises de Joyce; es por eso que aprovecho este desvarío de texto para soltar aquí mi consejo.

No podemos hacer frente a la literatura si nos encadenamos a la vergüenza de ser comparados con los «mejores», porque eso nos llevará a no arriesgarnos, sin riesgo no hay conocimiento, sin conocimiento no hay evolución y si no evolucionamos, nunca llegaremos a ser buenos escritores. Al final, la inseguridad que nos provoca el no apellidarnos Shakespeare, hará que dudemos a la hora de publicar un cuento maravilloso en las redes sociales.

Publicado en Literatura

Una habitación propia de Virginia Woolf

¿Tenemos 500 libras anuales y una habitación propia para escribir? Puede que parezca extraña la pregunta, sobre todo teniendo en cuenta lo irrisorio de la cifra, pero cambiemos de lugar, cambiemos de tiempo, juguemos a ser mujeres en pleno siglo XVII, por ejemplo. ¿Podríamos reírnos ahora de la pregunta?

Virginia Woolf tenía una única misión allá por el año 1928, escribir sobre la mujer y la novela… Había sido invitada por la Universidad femenina de Cambridge para ser partícipe de unas conferencias, y estaba claro que la autora británica, creadora de novelas, cuentos, obras teatrales y otros muchos géneros más, era la idónea para hablar a esa multitud de jovencitas que esperaban ser guiadas por el camino del éxito editorial, todas ansiosas por ver sus nombres grabados en el dorso de un libro, expuestas en bibliotecas y librerías y (con suerte) ser las futuras mentoras de las jóvenes promesas. Pero Virginia Woolf no estaba dispuesta a tomarse aquella oportunidad a la ligera, tenía un cometido, hablar de la mujer y la novela, y eso hizo, no podía acceder a ciertos lugares por simplemente ser mujer, no podía afrontar aquel reto desde la misma posición que un hombre. Sin embargo, a pesar de los obstáculos, presentó el producto de una investigación que la llevaría a ser recordada como una de las figuras esenciales de la literatura modernista del siglo XX.

Y tras mucha reflexión, visitas a la biblioteca o conversaciones con su prima desde la tranquilidad del campo, empezó a confeccionar lo que hoy se considera uno de los mayores ensayos feministas de la historia. Una habitación propia habla desde la más dura de las realidades, la falta de igualdad entre hombres y mujeres, las restricciones a la que estaban sometidas, siempre bajo la supervisión de la figura del varón, relegadas a la crianza de los niños, nunca dueñas de su dinero ni su destino. Locas aquellas que decidieron quejarse con papel y pluma, porque contaban con el dinero y la posición social para hacerlo y vivir al margen de las consecuencias. Una mujer que no contase con 500 libras al año y una habitación propia con un cerrojo donde poder escribir, difícil lo tenía para transgredir las cadenas que la mantenían en el rol de criatura débil e inferior.

Virginia Woolf habla de sus antecesoras, menciona cómo Austen ocultaba sus escritos cuando alguien entraba en la estancia, a las hermanas Brönte y su ingenio superior, a la valiente George Eliot que escribía oculta en un seudónimo o sobre la escritora ficticia, Mary Carmichael, con sus obras donde el hombre no juega el mismo papel, donde ya no hay clichés, donde una mujer puede enamorase de otra. No se trata de un juicio público en contra de la figura del hombre, es un dictado sobre la verdad. Las mujeres y la novela nunca han tenido una relación fácil y cordial, no hay estudios que revelen su pasado, pero si hay ensayos de hombres que hablan sobre la falta de inteligencia del sexo femenino para afrontar la narrativa, y aquí Virginia nos plantea una pregunta. Si hubiéramos escrito como iguales… ¿Qué les quedaría a ellos? ¿Dónde quedaría esa superioridad que les ha sido entregada por fuera?

Una habitación propia es el libro que todo hombre y mujer debe leer, un grito en contra de lo establecido a través de la majestuosa voz de una mujer de otro mundo. No es un manual de cómo ser escritora, o cómo afrontar la literatura, es la imagen de una sociedad que vive esclavizada por las convenciones y que nos constará cambiar, pero cuyo resultado no es imposible.

Publicado en Cine

«Ron da error»: una película que pone en duda a nuestras amistades.

Aunque Twenty Century Fox haya cambiado de dueño, no ha cambiado su esencia. Siempre he creído que sus películas animadas transmitían un mensaje mucho más arrollador que el resto de productoras donde lo único importante era la calidad visual de la obra.» Ron da error» es de esas películas que abren los ojos tanto a los más jóvenes como a los adultos.

Llena de humor y dinamismo, esta cinta dirigida por Sarah Smith y Jean-Philippe Vine pone en duda la calidad de nuestras amistades, porque ¿en qué consiste realmente la amistad? Para contestar a esta pregunta tenemos que echar la vista atrás y comprender hacia dónde hemos llegado a nivel social. Ya no interactuamos los unos con los otros como hace quince años, el mundo ha cambiado y ahora podemos hacer amigos a través de una pantalla. Pero…¿Qué pasa si esa pantalla nos absorbe? Barney, el protagonista de esta historia, no tiene un amigo robot como el resto de los niños, por eso está solo. Cuando por fin consigue uno se da cuenta de que viene defectuoso y deberá enseñarle desde cero cómo ser su amigo. No es una crítica a las redes sociales, es una explicación de lo qué es realmente una amistad, un viaje de conocimiento mutuo.

Sinceramente, cada personaje aporta una enseñanza al espectador, desde la abuela hasta la chica popular del instituto, todo crea una ambientación necesaria para la compresión del mensaje. El amor se manifiesta de muchas maneras, pero la tecnología no debe ser el receptor de todos nuestros sentimientos, sino un mero complemento que nos facilite el camino. Hay un mensaje muy necesario en la película que dice tal que así: «la amistad va en dos direcciones». Esto también es una bofetada de realidad para todas esas relaciones de «amistad» donde uno da, pero no recibe. Por desgracia, la toxicidad existe en todos los ámbitos sociales, por eso, si te ves reflejado en el mensaje de «Ron da error», reflexiona sobre tus amistades, quizás el amor que profesas no te es devuelto, eso no es amistad.

Y sin profundizar mucho en el aspecto artístico de la obra (creo que no es realmente su cometido) finalizo dando mi apoyo a todas esas obras que pasan inadvertidas simplemente por no tener el sello de «gran producción cinematográfica». El valor artístico no depende de ninguna marca distintiva.

Publicado en Literatura

Reseña de «Todo lo que necesito existe ya en mí» de Rupi Kaur.

Cada vez que tengo un bloqueo lector suelo acudir a la poesía, así que opté por darle una oportunidad a otro libro de la ilustradora y poeta canadiense Rupi Kaur, hablo concretamente de: «Todo lo que necesito existe ya en mí».

En esta obra la autora vuelve a abordar temas ya vistos en sus anteriores trabajos: feminismo, sexualidad, inmigración, etc… Pero en esta ocasión Kaur nos abre las puertas de sus vivencias más duras, esas que la han marcado para siempre y han reforzado quién es ahora.

Es cierto que su estilo de composición sigue sin ser de mi agrado, no obstante, es la historia detrás de sus poemas lo que atrae al lector, es como una conversación privada con una amiga que te da consejos de vida, una amiga que te agarra la mano y te anima a seguir luchando, esa es la magia de todos los poemarios de Kaur, la intimidad. Si a esto le unimos la estética de sus ilustraciones tendremos una obra única, con un sello personal que se distingue a los lejos. Personalmente, tengo que destacar los poemas dedicados a sus padres, a la dificultad de ser originarios de la India y las penurias por las que pasaron para poder mantener a su familia en un país donde nadie les brindaba facilidades. Es un relato privado lleno de pena, nostalgia y quizás arrepentimiento por no haber sido capaz de entender el esfuerzo de sus progenitores, pero ella era solo una niña, una víctima más de un mundo cruel donde solo los más acaudalados viven libres.

Aunque no me sienta cautivada por la musicalidad de sus versos, siento que como «biografía» esta obra tiene riqueza. Si estás acostumbrado a leer a los poetas clásicos, el hecho de leer poemas faltantes de signos ortográficos y mayúsculas no va a ser nada atrayente para ti, pero esa es la firma de Rupi y por lo que siempre la consideraré una autora llena de personalidad y valentía.

Publicado en Cine, Literatura

«Encanto» la película Disney que triunfa por ser poco Disney.

Quizás no sea objetiva con esta reseña porque soy una ferviente admiradora del trabajo de Lin-Manuel Miranda, tanto en su faceta como compositor como de actor-director. Todo lo que toca acaba convirtiéndose en oro. Aun así ¿Qué tiene Encanto que la haga tan diferente al resto de películas Disney? ¿Solo la música de Lin-Manuel la hace especial? Yo creo que no.

Antes de entrar en detalles hay que resaltar que Encanto, dirigida por Byron Howard y Jared Bush, es la sexagésima película producida por el estudio de Mickey Mouse. La obra habría pasado inadvertida a no ser por el éxito de su banda sonora, especialmente su canción «No hay que hablar sobre Bruno» ha pasado a ser la más exitosa desde «Un mundo ideal» de la película Aladdín (1992). Sin duda alguna, la influencia del compositor está en cada nota, recordando a ese Hamilton que lo catapultó a la cima. La fusión de estilos musicales lo aleja por completo a la monotonía instrumental de las películas Disney, tan propensas a las notas altas imposibles de recrear por el público mundano. Sin embargo, yo veo mucho más allá de la música de Encanto.

Ante todo, es destacable que sea Colombia el país en el que se centra la historia, concretamente en un pueblecito donde la familia Madrigal, dotada de dones mágicos vive en una casa encantada. Allí cada miembro posee una cualidad especial, menos Mirabel, que por alguna extraña razón no se le otorgó ningún poder. Este mensaje no está enfocado a los niños, pero antes de ahondar en este detalle volvamos a atrás. Esta ambientación me recordaba a algo, pero no conseguía situarlo con exactitud. No había princesas ni castillos, ni siquiera había un viaje del héroe tal y como lo conocemos en el mundo del guion cinematográfico, solo es: el pueblo, la casa, la familia Madrigal y la magia. Lo busqué y efectivamente estábamos antes la recreación animada del Realismo Mágico, el movimiento literario nacido en latino-américa en el siglo XX. Como admiradora de García Márquez, Borges, Isabel Allende, Cortázar, etc… Vi la fantasía en lo cotidiano. En la película no había el «cliché Disney» dando el mensaje típico al espectador más infante, sino la manifestación de una crítica social muy en boga hoy en día, la exigencia. El no ser suficientes para complacer al resto, para cumplir el rol que se nos exige, este dilema es un lastre que nos persigue a todos y, por lo tanto, es el público adulto quien se identifica con Mirabel, no los niños y niñas que por desgracia aun no entienden lo que es sufrir por encajar, pero que lo experimentarán con el tiempo.

Así que, por mucho que disfrute cantando «No hay que hablar sobre bruno» a pleno pulmón en el coche, no puedo adjudicar el éxito de la película solo al factor musical, la magia reside en la representación social y por eso Disney triunfa al alejarse por fin de sí mismo.

Publicado en Literatura, teatro

«El hombre almohada» adaptación de la obra de Martin McDonagh: El uso del terror para reconciliarnos con el teatro.

Ricardo Gómez y Belén Cuesta en ‘El hombre almohada’ / ELENA C. GRAIÑO

Durante los pasados 5 y 6 de febrero el teatro Lope de Vega de Sevilla tuvo el placer de acoger la representación de «El hombre almohada», adaptación magistral de David Serrano de la obra del dramaturgo y director de cine angloirlandés Martin McDonagh.

Nos encontramos ante un texto capaz de unir los temas más escabrosos e incómodos y convertirlos en una historia que mantiene el corazón del espectador en vilo: los malos tratos hacia los niños, las violaciones, la tortura en los estados totalitaristas… Realidades que como seres humanos acostumbramos a rehuir. «El hombre almohada» vio la luz en el año 2003 y aunque tuvo toda clase de opiniones, su éxito la llevó a ser la obra que más premios ha otorgado a su creador, tanto en Broadway como el Londres. La historia habla sobre un escritor de cuentos macabros llamado Katurian (interpretada en este caso por una actriz, Belén Cuesta) que es arrestado y acusado de ser participe junto a su hermano Michal (Ricardo Gómez) de una serie de asesinatos de niños muy similares a los narrados en sus obras. No es algo que solamos ver sobre las tablas de nuestro país, es un lenguaje actualizado muy acorde a la cinematografía. La puesta en escena junto al vestuario y la música (de Luis Miguel Cobo) hacen que el espectador se encuentre inmerso en el thriller desde que se abre el telón hasta que se cierra.

El uso del terror y el humor negro (en pequeñas y delicadas dosis) provoca que el texto, ya impactante de por sí, no provoque un rechazo emocional en el público. Los diferentes relatos narrados a lo largo de la representación están perfectamente conectados con la trama principal de Katurian (correspondiente al cuento de «El escritor y el hermano del escritor») dando la sensación, gracias a la combinación del lenguaje naturalista, el uso de máscaras en momentos puntuales, danza y el juego sombras, de estar dentro de una película de Tim Burton. Horror e inocencia en una obra majestuosamente cruel que te hace llegar a la catarsis.

Hay que alabar el trabajo de todo el equipo, sobre todo del dramaturgo David Serrano que ha sido capaz de adaptar una obra muy disonante de una manera sublime e hipnótica, atrayendo de nuevo la atención del público joven al arte teatral.