Publicado en Literatura

No sientas vergüenza por no apellidarte Shakespeare.

El viernes pasado tuve un conflicto interno. Iba a publicar un cuento del que me sentía increíblemente orgullosa y esperaba con ansia el momento de poder mostrarlo, pero entonces apareció la voz de mi cabeza que tan a menudo boicotea mis proyectos. Una ráfaga de preguntas incoherentes e imágenes de situaciones igualmente inverosímiles inundó mi mente hasta el punto de cuestionar la calidad de mi propio trabajo, en resumidas cuentas, empecé a sentir vergüenza.

Hay muchos artículos destinados a combatir el miedo del escritor desde cualquier perspectiva: el miedo a exponerse, el miedo al fracaso, el miedo a perder oportunidades, el miedo a no tener «talento» (expresión que odio y que dedicaré un post más adelante). Sin embargo, yo creo que no nos frena tanto el miedo como la vergüenza. Están relacionados de alguna forma, lo sé, aun así, yo los visualizo de forma muy distinta en lo referente a la influencia al escritor y su quehacer. Muchos consideran al miedo como una reacción de alerta ante lo desconocido. A mi modo de ver, el escritor lucha más con la inseguridad de mostrar el resultado de un proceso creativo vinculado a su lado más emocional e íntimo, que a un factor de posible amenaza. No soy psicóloga, no obstante, he dedicado más de la mitad de mi vida al arte y debo reconocer que antes de llegar al estado de temor por perder oportunidades laborales, por ejemplo, me he cuestionado mi valía como autora por un simple momento de timidez al publicar. Algo tan insignificante puede inmovilizar mi trabajo entero.

Nadie nos ayuda a gestionar este grado de obstaculización. No he encontrado ningún post que vaya más allá de los consejos para hablar en público sin que nos titubee la voz, es por eso que me he tomado un tiempo para reflexionar sobre por qué me siento avergonzada, por qué razón acabo auto-saboteando mi esfuerzo, por qué siempre repito esta situación incómoda y, finalmente, he llegado a la conclusión de que el mayor lastre del artista es la comparación.

Desde que somos pequeños se nos exige jugar un rol determinado en la sociedad, cumplir con unas responsabilidades, las obligaciones que TODO ser humano de bien debe desempeñar, y mientras nos partimos los cuernos para repetir lo que ha hecho todo el mundo antes que nosotros, dejamos pasar otras posibilidades igualmente válidas. No se nos enseña a explorar los diversos caminos que nos pueden llevar al «éxito», porque por mucho que me duela seguimos viviendo en la «sociedad de la meritocracia». Tampoco se nos enseña a motivarnos a través de referentes. No hay nadie que nos haga ver que la envidia debe convertirse en admiración, pero sí que nos enseñan a compararnos unos con otros, a sentirnos inferiores, a no salirnos del camino conocido para crear unos nuevos. Si decidimos dedicarnos a escribir, tenemos la presión de la obra ya escrita, de los textos que han pasado a la historia como el modelo a seguir, es decir, si no los igualamos, inevitablemente nos sentimos mediocres. Ni siquiera hablo de superar, es imposible mejorar el Ulises de Joyce; es por eso que aprovecho este desvarío de texto para soltar aquí mi consejo.

No podemos hacer frente a la literatura si nos encadenamos a la vergüenza de ser comparados con los «mejores», porque eso nos llevará a no arriesgarnos, sin riesgo no hay conocimiento, sin conocimiento no hay evolución y si no evolucionamos, nunca llegaremos a ser buenos escritores. Al final, la inseguridad que nos provoca el no apellidarnos Shakespeare, hará que dudemos a la hora de publicar un cuento maravilloso en las redes sociales.

Autor:

Apasionada de la literatura desde muy pequeña. Graduada en Comunicación Audiovisual. Actriz de doblaje y escritora. Tengo un canal de Youtube donde subo audiolibros tres veces a la semana.

2 comentarios sobre “No sientas vergüenza por no apellidarte Shakespeare.

  1. Interesante reflexión, y muy de acuerdo que estoy. Hay que desprenderse de miedos y vergüenzas, de la eterna comparación con referentes insuperables. En mi opinión, nosotros mismos hemos de ser nuestro punto de comparación: solo a nosotros, en primera instancia, debe resultarnos valiosa nuestra obra.

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